La nostalgia como ingrediente: por qué ciertos sabores nos devuelven a un lugar

Hay un momento que casi todo el mundo ha vivido alguna vez. Estás comiendo algo, cualquier cosa, y de repente ocurre algo difícil de describir con precisión: un sabor te lleva a otro sitio. No metafóricamente. De manera casi física. De repente estás en la cocina de tu abuela un domingo de invierno, o en una playa de verano con doce años, o en la mesa de un bar que ya no existe pero que recuerdas con una claridad sorprendente. El presente desaparece un instante y aparece otro tiempo, otro lugar, otra versión de ti mismo.

Dura poco. Pero mientras dura, es de las experiencias más intensas que puede provocar algo tan cotidiano como comer.

No es casualidad ni magia, aunque lo parezca. Es neurología. Y entender por qué ocurre cambia la manera en que pensamos en la comida, en los recuerdos, y en lo que significa que un sabor pertenezca a un lugar.

Por qué el sabor es la memoria más poderosa

De todos los sentidos, el olfato y el gusto son los únicos que tienen una conexión directa con el sistema límbico, que es la parte del cerebro encargada de procesar las emociones y de consolidar los recuerdos. Los demás sentidos —la vista, el oído, el tacto— llegan primero al tálamo, que actúa como una especie de estación de clasificación antes de que la información alcance las zonas emocionales. El olfato y el gusto se saltan ese filtro. Van directos.

Eso significa que un aroma o un sabor pueden activar una respuesta emocional antes de que el cerebro consciente haya procesado siquiera de qué se trata. Antes de que pienses «esto huele a romero», ya has sentido algo. Antes de identificar el sabor, ya ha movido algo dentro de ti.

El escritor Marcel Proust describió este fenómeno con una precisión literaria que los neurocientíficos no han mejorado mucho desde entonces: el narrador de En busca del tiempo perdido moja una magdalena en té y, antes de entender lo que está ocurriendo, se ve transportado a la infancia en Combray con una intensidad que ningún esfuerzo deliberado de la memoria había logrado. No es nostalgia buscada. Es nostalgia involuntaria, disparada por un sabor. Los científicos incluso tienen un nombre para esto: el fenómeno de Proust.

Lo que Proust intuía y la neurociencia ha confirmado es que los recuerdos asociados a sabores y olores tienden a ser más vívidos, más emocionales y más duraderos que los asociados a otros estímulos. Se graban de otra manera. Y se recuperan de otra manera también: no a través del razonamiento sino a través de la sensación.

Cómo se forma un recuerdo de sabor

Los recuerdos sensoriales más potentes se forman en momentos de alta carga emocional. No es que el sabor del arroz con leche sea intrínsecamente memorable. Es que la primera vez que lo probaste estabas en un contexto con mucha carga emocional: eras pequeño, estabas con personas que querías, te sentías seguro o feliz o emocionado. El sabor llegó al cerebro en ese momento concreto y quedó asociado a todo ese conjunto de sensaciones.

Después, cada vez que vuelves a encontrar ese sabor, el cerebro no recupera solo el dato «esto es arroz con leche». Recupera el paquete completo: el contexto, las emociones, las personas, la luz de aquella habitación. No de manera consciente ni ordenada. Sino como una sensación difusa pero poderosa de haber estado en otro lugar.

Esto explica por qué los recuerdos de sabor son tan personales e intransferibles. El sabor de la horchata puede llevarte a Valencia un verano de la infancia mientras que a otra persona no le dice absolutamente nada. El olor del pimentón puede evocar una cocina familiar en Murcia de manera irrepetible para quien creció en ella. No hay universalidad en estos recuerdos. Cada uno lleva archivado su propio atlas de sabores y lugares.

El sabor como identidad de un lugar

Hay algo más que ocurre con los sabores asociados a lugares concretos, y es que funcionan en los dos sentidos. No solo el sabor evoca el lugar. El lugar, con el tiempo, se convierte en algo inseparable de su sabor.

Murcia es un ejemplo especialmente claro de esto. La región tiene una identidad gastronómica tan marcada y tan específica que sus sabores actúan como una especie de código de reconocimiento. El pimentón murciano, la alcachofa de la Vega Baja, el vino de Jumilla o de Yecla, las conservas de pimiento: estos sabores no son simplemente alimentos. Son señales de pertenencia. Son la manera en que una región se presenta al mundo y la manera en que quienes crecieron en ella la llevan consigo cuando se van.

Para quien vivió en Murcia y se fue, abrir una conserva artesana elaborada aquí no es solo comer. Es un acto de regreso. Parcial, breve, incompleto, pero real en términos sensoriales. El sabor hace lo que no puede hacer ningún vuelo ni ninguna videollamada: devuelve el cuerpo, aunque sea por un instante, al lugar donde ese sabor se formó como recuerdo.

Y para quien nunca ha estado en Murcia pero prueba estos productos por primera vez, ocurre algo diferente pero igualmente interesante: empieza a formarse un nuevo recuerdo de lugar. Un mapa sensorial de un sitio que quizás no conoce pero que ahora tiene, literalmente, un sabor.

La nostalgia no es solo melancolía

Durante mucho tiempo, la nostalgia tuvo mala prensa. Se la consideraba una emoción improductiva, orientada hacia el pasado, incompatible con el progreso y la adaptación. Sentir nostalgia era, en cierta manera, negarse a vivir el presente.

La investigación psicológica de las últimas dos décadas ha cambiado esa visión casi por completo. Los estudios del psicólogo Constantine Sedikides y su equipo han demostrado que la nostalgia, lejos de ser una emoción negativa, tiene efectos consistentemente positivos sobre el bienestar. Aumenta el sentido de continuidad personal, refuerza los vínculos sociales, incrementa la sensación de que la vida tiene significado, y actúa como regulador emocional en momentos de estrés o incertidumbre.

Dicho de manera más sencilla: recordar con nostalgia algo bueno del pasado no nos ancla al pasado. Nos da recursos emocionales para el presente.

Y los sabores son uno de los disparadores más eficaces de ese tipo de nostalgia positiva. Cuando un sabor te lleva a un momento feliz, no estás escapando del presente. Estás recargando algo. Estás recordando que has tenido momentos buenos, que has pertenecido a lugares y a personas, que tienes una historia que merece la pena. Eso no es evasión. Es exactamente lo contrario.

Por qué los productos locales cargan más memoria que los industriales

Hay una razón práctica por la que los productos de origen local y elaboración artesana tienden a activar este tipo de recuerdos con más intensidad que los productos industriales: su sabor es más específico, más singular, más difícil de reemplazar.

Un producto elaborado industrialmente y distribuido a escala nacional está diseñado, entre otras cosas, para ser consistente. El mismo sabor en Murcia que en Bilbao. El mismo aroma en verano que en invierno. Esa consistencia es una ventaja logística y comercial, pero tiene un coste sensorial: elimina las variaciones que hacen a un producto único. Y sin singularidad, no hay recuerdo específico. Hay reconocimiento, que es algo completamente diferente.

Un aceite artesano de una almazara murciana pequeña, en cambio, puede variar ligeramente de una cosecha a otra. Puede tener más intensidad un año, más frutado otro. Puede oler de una manera que no encuentras en ninguna otra botella del mundo, porque depende de esa variedad, de ese suelo, de ese año concreto. Esa singularidad es lo que lo convierte en candidato a recuerdo.

 

Lo artesano y lo local no son solo valores éticos o gastronómicos. Son, también, valores mnémicos. Son los productos que tienen más posibilidades de convertirse en recuerdos reales, en lugar de simplemente en consumo.

Regalar un sabor es regalar un lugar

Todo lo anterior tiene una implicación que vale la pena nombrar de manera explícita, porque cambia la manera de pensar en los regalos de comida.

Cuando regalas un producto con origen, con historia, con un lugar concreto detrás, no estás regalando solo algo para comer. Estás regalando una posibilidad de recuerdo. Estás poniendo en manos de otra persona algo que, si las circunstancias se alinean, puede convertirse en una de esas experiencias en que un sabor te transporta. Y eso, en términos de lo que un regalo puede hacer, es bastante más que cualquier objeto.

Para quien ya conoce Murcia, recibir una selección de productos murcianos artesanos es reencontrarse con algo. Para quien no la conoce, es una introducción sensorial a un lugar antes de haberlo visitado. En ambos casos, el regalo tiene una dimensión que va más allá de lo gastronómico.

No es casualidad que los productos de alimentación con origen sean de los regalos que más se recuerdan. No porque sean los más caros ni los más vistosos. Sino porque activan algo que otros regalos no pueden activar: la memoria, la emoción, el sentido de lugar y de pertenencia.

El sabor que vuelve

Hay una última cosa que vale la pena decir sobre la nostalgia como ingrediente, y es que no requiere que el recuerdo ya exista. Se puede crear.

Cada vez que comes algo bueno, en un momento de atención y presencia, estás fabricando un recuerdo futuro. Estás poniendo en tu memoria sensorial una referencia que algún día, quizás dentro de años, en un contexto completamente diferente, volverá de la manera más inesperada. Un sabor que probaste un domingo de verano puede devolverte a ese domingo veinte años después con una fidelidad que ninguna foto puede igualar.

Por eso tiene sentido comer bien no solo por salud, no solo por placer inmediato, sino también por lo que dejas archivado. Por los recuerdos que estás construyendo sin saberlo cada vez que prestas atención a lo que tienes en el plato.

En El Estante de Murcia seleccionamos productos que tienen esa capacidad: sabores con suficiente carácter y singularidad para convertirse en recuerdos. Productos de pequeños productores murcianos que elaboran cosas que no saben igual en ningún otro sitio, porque no las hay en ningún otro sitio. Puedes explorar toda la selección en nuestra tienda gourmet murciana.

 

Pero el recuerdo, ese, lo construyes tú.

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